La niña jugueteaba en el jardín, corriendo feliz entre las flores, perseguida de cerca por el enorme ovejero alemán, compañero fiel de los juegos infantiles de aquella criatura.
Era increíble el vínculo que los unía. La pequeña y el perro, inseparables siempre, atentos el uno al otro, dupla perfecta en las jornadas al aire libre.El can no tenía permiso de entrar a la casa. Su casucha, prolija, aseada, hermosamente diseñada, estaba ubicada al pie de un enorme ombú en el centro del patio. Un enorme almohadón, mullido y confortable, hacía de cama.
Al lado, un plato de plástico con un nombre: Tequila. Así se llamaba el perro. Un animal noble, fuerte, fornido, que hacía de la libertad el emblema de su vida.
No toleraba cadenas, correas ni collar. Si trataban de sujetarlo, ladraba. Pero más que un ladrido era un lamento. Un lamento canino, agudo, insoportable, hiriente, molesto… Hasta que lo soltaban. Ya hacía tiempo que no lo intentaban atar. Siempre libre, siempre ágil, siempre movedizo. Así era Tequila.
No salía del predio de la casa ni atacaba a nadie que se acercara. Pero era un guardián excelente, y en cuanto algún desconocido enfilaba por el camino de la entrada, sus ladridos alertaban sobre la llegada del visitante. Con la familia y los amigos de la casa era distinto. Ladraba, sí, pero de manera amistosa, casi risueña. Salía hasta la portera a recibirlos y sacudía la cola en incontrolables movimientos, demostrando así su alegría por verlos.
La niña lo amaba. Y el perro amaba a la niña. La seguía, la cuidaba, compartía sus juegos. El enorme tamaño del animal comparado con la frágil figura infantil no generaba ningún problema. Él evitaba rozarla, para no hacerla caer, aún cuando ella lo tomaba, jugando, del pelo sobre el lomo para llevarlo, de tiro, hacia algún lugar en especial.
Él jamás se oponía. Dócil, casi tierno, dejaba que la niña lo guiara, sin ninguna resistencia. Sólo con ella era así. Nadie más imponía su voluntad sobre él. Aceptaba alguna caricia de los integrantes de la casa sobre su cabeza, pero no de los demás. Y aunque obedecía algunas órdenes básicas, nadie podía agarrarlo del pelo como la niña.
La madre, sentada bajo el alero de la galería del costado de la casa, los miraba jugar. Había suspendido su labor de tejido y seguía los movimientos de la criatura y el animal, sonriendo contagiada de la alegría del dúo.
Embelesada y absorta en esa escena familiar que se reiteraba todas las tardes, la madre retrocedió en el tiempo, a través de sus pensamientos.Y vio ese pequeño bulto, tan envuelto, tan pequeño, que le entregaron en brazos una tarde de invierno cuando el lánguido sol pretendía, sin éxito, entibiar el ambiente gélido que provocaba el intenso viento.
Arropada, entre varias capas de abrigo y mantas, asomaban dos hermosos ojos azules y una rebelde mata de cabello dorado como el trigo que caía por debajo de un pequeño gorro de lana. La mirada de la bebé se fijo en los negros ojos de quien la recibía, y su rostro se iluminó, esbozando una mueca similar a una sonrisa.
La mujer, con los ojos llenos de lágrimas, apretó contra su pecho a la dulce criatura, la miró profundamente, admiró su belleza y, con un profundo suspiro, miró a quien la acompañaba.
El hombre, notoriamente conmovido, devolvió la mirada, apretó fuerte su mano sobre el hombro de su esposa y sonrió.Esa fría tarde de invierno se formó una familia. Los largos y desesperanzados años de querer ser padres, habían terminado. Recibían allí el regalo más deseado: su hija.
Que corría ahora, feliz, entre las plantas, perseguida por un enorme perro ovejero alemán.Esta es tu historia, Marisa.
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