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jueves, 29 de marzo de 2012

PRIMOROSA Y SUS PREGUNTAS

Cuento publicado en LOS CUENTOS DEL GALLITO (Suplemento EL ESCOLAR del DIARIO EL PAIS, el 2/3/94)

Corría feliz por el campo. Era la corderita más joven del plantel y ese domingo soleado de primavera cumplía su primer mes de vida.
Lo festejaba, alegre, correteando por la pradera, persiguiendo las mariposas que se cruzaban, de a ratos, por su camino.
Corriendo y saltando llegó al límite del campo. Allá, del otro lado del alambrado, en el campo vecino, un grupo de ovejas la observaba, curiosas.
-          Bee… beeee…. – baló Primorosa – vengan a conversar.
Entonces, se acerca una.
-          ¡Qué bebé más grande eres! – comenta, asombrada, Primorosa, al ver el tamaño de su vecina.

-          No soy bebé – ríe la vecina – Soy mayor, y ya madre de tres corderitos de diferentes edades.

-          ¿Cómo que no eres bebé? ¡Si estás tan pelada como cuando yo nací! – acota Primorosa.

-          No, corderita. No te equivoques. Todas las ovejas cuando nacemos somos peladas, sin ningún vellón. Luego nos crece, en pequeños mechones primero, para luego cubrirnos totalmente de espesa, abundante y enrulada lana. Pero al llegar la primavera, nuestros dueños nos esquilan para vender nuestra lana y permitirnos, a la vez, sentirnos más frescas en las agobiantes y calurosas tardes del verano. A ti también te va a pasar. Dentro de un año estarás como yo, sin lana, pero ya no serás bebé – aclara la oveja vecina.

-          Pero mi mamá tiene toda su lana – replica Primorosa.

-          Eso es porque aún su dueño no la ha esquilado. El mío siempre lo hace temprano, cuando llega el mes de setiembre. Pero esa tarea se puede hacer entre setiembre y los primeros días de diciembre. Ya verás que a ella también, pronto, la esquilarán – asegura la vecina.

Primorosa cambia la curiosa expresión de su carita y se llena de congoja al preguntar:
-          ¿Quieres decir que mi mamá se verá flaca y arrugada como tú?

-          ¡Claro! No es que enflaquezca. Lo que pasa es que al final del invierno todas las ovejas estamos tan tupidas de lana que parecemos más gordas. Pero no lo somos – contesta la oveja del campo de al lado.

-          Me dará pena ver así a mi mamá – replica, triste, Primorosa.

-          No te entristezcas. Recuerda que así, en verano, se sentirá fresca – culmina la otra oveja. – Y ahora discúlpame. Tengo que dar de mamar a mi cría más pequeña – agrega, y corre a reunirse con su corderito.

Primorosa la mira alejarse, pensativa, y reflexiona:
-          Sí, tiene razón. Mamá se sentirá fresca. Y además, para mí, seguirá siendo bella.


MARIELA FERNÁNDEZ DE RISSO
                                                                                          Minas, Uruguay      

viernes, 14 de octubre de 2011

ADOPTADA (cuento)

La mujer miró a su hija, aquella preciosa chiquilla de sólo 5 años, cabello largo rubio y suavemente ondulado, grandes ojos azules, eterna risa cantarina, cascabel risueño que alegraba cada día la casa.

La niña jugueteaba en el jardín, corriendo feliz entre las flores, perseguida de cerca por el enorme ovejero alemán, compañero fiel de los juegos infantiles de aquella criatura.
Era increíble el vínculo que los unía. La pequeña y el perro, inseparables siempre, atentos el uno al otro, dupla perfecta en las jornadas al aire libre.

El can no tenía permiso de entrar a la casa. Su casucha, prolija, aseada, hermosamente diseñada, estaba ubicada al pie de un enorme ombú en el centro del patio. Un enorme almohadón, mullido y confortable, hacía de cama.

Al lado, un plato de plástico con un nombre: Tequila. Así se llamaba el perro. Un animal noble, fuerte, fornido, que hacía de la libertad el emblema de su vida.
No toleraba cadenas, correas ni collar. Si trataban de sujetarlo, ladraba. Pero más que un ladrido era un lamento. Un lamento canino, agudo, insoportable, hiriente, molesto… Hasta que lo soltaban.

Ya hacía tiempo que no lo intentaban atar. Siempre libre, siempre ágil, siempre movedizo. Así era Tequila.
No salía del predio de la casa ni atacaba a nadie que se acercara. Pero era un guardián excelente, y en cuanto algún desconocido enfilaba por el camino de la entrada, sus ladridos alertaban sobre la llegada del visitante.

Con la familia y los amigos de la casa era distinto. Ladraba, sí, pero de manera amistosa, casi risueña. Salía hasta la portera a recibirlos y sacudía la cola en incontrolables movimientos, demostrando así su alegría por verlos.
La niña lo amaba. Y el perro amaba a la niña. La seguía, la cuidaba, compartía sus juegos.

El enorme tamaño del animal comparado con la frágil figura infantil no generaba ningún problema. Él evitaba rozarla, para no hacerla caer, aún cuando ella lo tomaba, jugando, del pelo sobre el lomo para llevarlo, de tiro, hacia algún lugar en especial.
Él jamás se oponía. Dócil, casi tierno, dejaba que la niña lo guiara, sin ninguna resistencia.

Sólo con ella era así. Nadie más imponía su voluntad sobre él. Aceptaba alguna caricia de los integrantes de la casa sobre su cabeza, pero no de los demás. Y aunque obedecía algunas órdenes básicas, nadie podía agarrarlo del pelo como la niña.

La madre, sentada bajo el alero de la galería del costado de la casa, los miraba jugar. Había suspendido su labor de tejido y seguía los movimientos de la criatura y el animal, sonriendo contagiada de la alegría del dúo.
Embelesada y absorta en esa escena familiar que se reiteraba todas las tardes, la madre retrocedió en el tiempo, a través de sus pensamientos.

Y vio ese pequeño bulto, tan envuelto, tan pequeño, que le entregaron en brazos una tarde de invierno cuando el lánguido sol pretendía, sin éxito, entibiar el ambiente gélido que provocaba el intenso viento.
Arropada, entre varias capas de abrigo y mantas, asomaban dos hermosos ojos azules y una rebelde mata de cabello dorado como el trigo que caía por debajo de un pequeño gorro de lana.

La mirada de la bebé se fijo en los negros ojos de quien la recibía, y su rostro se iluminó, esbozando una mueca similar a una sonrisa.

La mujer, con los ojos llenos de lágrimas, apretó contra su pecho a la dulce criatura, la miró profundamente, admiró su belleza y, con un profundo suspiro, miró a quien la acompañaba.
El hombre, notoriamente conmovido, devolvió la mirada, apretó fuerte su mano sobre el hombro de su esposa y sonrió.

Esa fría tarde de invierno se formó una familia. Los largos y desesperanzados años de querer ser padres, habían terminado. Recibían allí el regalo más deseado: su hija.
Que corría ahora, feliz, entre las plantas, perseguida por un enorme perro ovejero alemán.

Esta es tu historia, Marisa.

LOS JUGUETES SEGÚN LA EDAD DEL NIÑO

Los juguetes y los juegos recreativos son imprescindibles para un buen desarrollo infantil. Permiten al niño disfrutar de momentos de ocio, en solitario o compartidos con amiguitos, y ayudan a desarrollar su creatividad.
Para los bebés menores a un año los juguetes deben ser de material lavable, antialérgico, livianos, blandos y seguros.


Sonajeros, muñecos de goma, inflables con forma de animales son los juguetes ideales, porque son livianos, lo que permite que el bebé los pueda tomar con sus pequeñas manos.

Son especialmente indicados los animales inflables con alguna saliente larga, como la trompa de un elefante o la pata de un caballo, jirafa o perro, porque es más fácil de agarrar por el niño pequeño.
Las pelotas inflables son adecuadas para aquellos que comienzan a dar sus primeros pasos. Permiten ejercitar las piernas con un juguete liviano, que no le significa esfuerzos inconvenientes a esa edad.

Los peluches, aunque son livianos y lavables, deben ser usados por el niño en presencia de alguna persona mayor, porque puede llevárselo a la boca y arrancar pelos, lo que resulta peligroso.    
              


Para niños mayores, de 2 a 5 años, los juegos de encastre o juguetes creativos que le permiten armar pequeñas historias o actividades, como animales de granja, herramientas de plástico, puzles de goma eva (foamy), se combinan con libros de cuentos y para pintar, que desarrollan sus habilidades manuales y de atención.
Siguen siempre vigentes las muñecas y los muñecos de acción, que estimulan la imaginación de los niños al convertirlos en protagonistas de diversas situaciones.

Al llegar a la edad escolar, aumenta la demanda de libros. También se comienzan a desarrollar actividades deportivas, por lo que pelotas, raquetas, aros de básquetbol, bolos para derribar o ensartar con aros, cañas de pescar, patinetas, son algunos artículos que se añaden a los juguetes ya existentes.
Cualquiera sea el juguete elegido, es preferible adquirir aquellos que estimulan la creatividad o las habilidades motrices del niño. Un artículo que funciona solo, a pila o a batería, y que convierte al pequeño en un simple espectador, puede aburrirlo mucho antes.